Históricamente la arquitectura ha incidido en múltiples aspectos de la vida humana como una forma de expresión creativa, pero también como una disciplina que responde a las necesidades funcionales de la sociedad. Por ello, en estos tiempos en los que, como nunca antes la vida de gran parte de la población transcurre al interior de sus viviendas, uno de sus focos es la creación de espacios prácticos y lo más confortables posibles para que las personas tengan una mayor calidad de vida.

Es por ello que, en este contexto, toma especial relevancia la rama de las neurociencias conocida como neuroarquitectura que, al igual que otras disciplinas ligadas a ellas como la economía, la educación y el marketing, se enfoca a desentramar cómo nuestro cerebro procesa el mundo que nos rodea y responde a los estímulos.  

A través de la neuroarquitectura es posible adecuar el interior de edificios y estancias para potenciar más y mejor las claves que detonan la forma en la que aprendemos, memorizamos y reaccionamos a nuestro entorno para mejorar el ambiente de vida o trabajo y conseguir, así, una mayor concentración, creatividad, bienestar emocional e incluso mantener más activo el cerebro. ¿Cómo? Aquí algunos ejemplos:

Naturaleza. Diversos estudios avalan que un ambiente natural rebaja los niveles de estrés, por lo que, los jardines, los árboles o la presencia de plantas o flores en el interior de las casas favorece la concentración, la productividad y el aprendizaje.

Iluminación. La luz natural provoca reacciones químicas en el cerebro que favorecen la concentración y genera un ambiente más amable. Una ventana con vista al jardín o, incluso, un cuadro o poster de un paisaje natural también puede provocar un efecto similar.

Altura. Los techos altos aportan una sensación de amplitud y, como consecuencia, mandan señales al cerebro que favorecen la creatividad; por el contrario, un techo bajo da sensación de recogimiento y da una sensación de cierta protección, siendo favorables para trabajos de interiorización y tranquilidad.

Formas. Hoy sabemos por imágenes de resonancia magnética funcional que cuando el cerebro se encuentra frente a cantos agudos o puntiagudos se activa el área de la amígdala, nuestro centro cerebral de alerta y miedo, mientras que las formas redondeadas proporcionan paz y serenidad, por lo que es conveniente elegir muebles con terminaciones redondeadas o suavizar las líneas puntiagudas con objetos circulares u ovalados.

Elementos arquitectónicos. Los espacios rectangulares son entendidos como edificios menos agobiantes que los cuadrados, ya que estos últimos provocan mayor sensación de estar encerrados. Al igual que los objetos, los ángulos marcados de las edificaciones favorecen la aparición de estrés o ansiedad frente a las curvas o contornos suaves que nos dan sensación de seguridad y comodidad.

Colores. Los tonos cercanos a la naturaleza (verdes, azules, amarillos) reducen el estrés, aumentan la sensación de confort e inciden sobre la percepción del espacio como un edificio saludable. Por su parte, tonos como el rojo captan la atención del receptor, por ello son lolos más indicados para tareas de concentración.

Además, es importante señalar que el cerebro es un reflejo de lo que ocurre en el hogar, por lo que cuando reina el desorden, se crean obstáculos mentales que nos hacen sentirnos agobiados y confusos. Por ello, en las condiciones en que gran parte de la población permanece en casa, el mantener espacios ordenados y limpios contribuye también a poner orden en el cerebro favoreciendo la secreción de hormonas relajantes como la serotonina o la oxitocina.

Así, podemos anticipar que las nuevas edificaciones no solamente tendrán que priorizar materiales beneficiosos para el entorno natural y del ser humano, también deberán lograr las mejores sinergias entre los factores humanos y estructurales para construir espacios visualmente atractivos, cómodos y eficientes.

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